Precarga,
control de accesos, firma electrónica,
cifrado e-mail, transporte,
micropagos, monedero electrónico
o fidelización son algunas
de las aplicaciones que permiten
las tarjetas bajo el estándar
EMV o tarjetas chip. Sin embargo,
y pese a que la adopción
del estándar debería
haber concluido en enero de
este año 2005, la situación
dista mucho de ser la prevista
y el período migratorio
se ha extendido más de
lo esperado, particularmente
en España. Recogemos
algunas de las claves de este
sistema de pago expuestas en
el 8† Congreso de Tarjetas organizado
por IIR.
Clara Baonza
En
1995, las compañías
Europay Internacional, MasterCard
Internacional y Visa Internacional
desarrollaban un nuevo estándar
denominado por sus iniciales
(EMV), con el que se pretendía
desarrollar una especificación
para sistemas de pago con dos
premisas fundamentales: interoperabilidad
global e incremento de la seguridad
para evitar el fraude. Cuatro
años más tarde,
en 1999 los tres grupos crearon
la organización EMVCo
encargada de administrar, mantener
y promover las especificaciones
de aplicaciones, terminales
y tarjetas de circuitos integrados
EMV para sistemas de pago y
de actuar como autoridad certificadora
de compatibilidad entre tarjetas
de crédito/débito
y entre los terminales lector
que soportan dichas tarjetas.
Desde entonces se han ido fijando
unas fechas clave para el despliegue
mundial de este estándar
y para conseguir una migración
tranquila y segura, toda vez
que en cada país existe
una serie de restricciones o
regulaciones de los emisores.
La última especificación
es la EMV 2000, versión
4.0. y se espera una implantación
total en el año 2007.
Una de las principales especificaciones
del estándar EMV es que
se aplica con tarjetas que llevan
incorporados circuitos integrados,
las comúnmente denominadas
tarjetas chip o tarjetas inteligentes.
El éxito de este tipo
de tarjeta obliga a una sustitución
progresiva de las actuales tarjetas
de banda magnética. No
obstante, esta aplicación
puede coexistir con otras aplicaciones
que se encuentren tanto en la
tarjeta como en el terminal.
Uno de los mayores beneficios
de las tarjetas EMV es su alto
nivel de seguridad que conlleva
la transformación de
un soporte pasivo, tal y como
se consideraban las tarjetas
financieras, en uno activo con
el que se deben tomar decisiones
durante la transacción
(validación del titular
de la tarjeta, verificación
del PIN, autenticación
de la tarjeta o de la información
on-line/off-line, etc.). Gracias
a este tipo de tarjetas es posible
detectar, de manera preventiva,
transacciones irregulares realizadas
fuera de la operativa habitual
del cliente como operaciones
de mayores importes, incremento
de frecuencia de uso, distintos
lugares donde se realizan, etc.
Así, por ejemplo, con
este sistema en funcionamiento
las 24 horas del día
puede avisarse al cliente mediante
una llamada, un correo electrónico
o un SMS de este tipo de operaciones
“extrañas”
o aquellas que el cliente haya
elegido previamente.
Elección
de la tecnología
La gran diferencia entre las
tarjetas de banda magnética
habituales y las tarjetas inteligentes,
tal y como se ha definido en
el estándar EMV, es la
introducción de criptografía
con la que asegurar la integridad
y confidencialidad de los datos
intercambiados en una operación
entre el titular y las entidades
adquirentes y/o emisoras.
El EMV define las características
de la interfaz entre la tarjeta
y el terminal y la selección
de aplicación. Así
las cosas, las tarjetas que
cumplen con el estándar
EMV contienen certificados y
claves criptográficas
que son utilizadas cuando el
titular realiza sus operaciones,
asegurando la integridad y confidencialidad
de los datos, además
de autenticar las partes involucradas
en la misma (titular, adquirente
y emisor).
Las capacidades tecnológicas
del chip y el sistema operativo
utilizado determinan el precio
de la tarjeta dependiendo de
múltiples parámetros
(capacidad de memoria, posibilidades
criptográficas, con o
sin contactos, lenguajes de
programación, etc.) y
condicionan sus posibles aplicaciones.
Estándar para
aplicaciones financieras
Hay que tener en cuenta que
el EMV es un estándar
para aplicaciones financieras
sobre un chip, pero ni es un
chip ni es un sistema operativo.
Así pues, la selección
del chip estará relacionada
con los servicios de valor añadido
a prestar por cada compañía
(véase cuadro 1). Si
se elige un chip con capacidades
criptográficas avanzadas
se podrá almacenar en
su interior datos, tales como
los certificados digitales,
de forma segura (éstos
son la base de múltiples
aplicaciones como el control
de acceso a aplicaciones en
entornos cerrados o abiertos,
la encriptación-desencriptación
de un e-mail, la firma electrónica
de documentos, formularios,
correo electrónico, etc.).
Es, por lo tanto, un dispositivo
especialmente adecuado para
almacenar certificados: es personal,
portable e interoperable.
De igual modo, la elección
de un sistema operativo tendrá
que surgir de un compromiso
entre interoperabilidad y flexibilidad/capacidad
de desarrollo. Un sistema que
permita trasladar funciones
de crédito y débito
desde la banda magnética
al chip e incluir en el mismo
funciones y usos complementarios.
Deberá también
permitir generar firmas digitales
con algoritmos de clave pública
(RSA) lo que, además
de otras aplicaciones como la
firma electrónica, posibilita
la autenticación dinámica
de la tarjeta (DDA) tal y como
se define en las especificaciones
EMV. Esta característica
permite verificar, con una firma
exclusiva en cada operación,
que la tarjeta es auténtica.
79 millones de tarjetas
EMV en Europa
En febrero de 1998 el Consejo
de Visa Europa puso en marcha
un Plan Europeo de Migración
a Chip en siete años.
En este plan se reconocía
la necesidad de mover la infraestructura
de medios de pago a una plataforma
más segura (para reducir
el fraude y retener la confianza
de los clientes de tarjetas)
y más flexible (para
mejorar el servicio al cliente
y mejorar la rentabilidad de
los agentes implicados: entidades
financieras, sistemas de pago,
procesadores).
Así, en septiembre de
2004 existían 79 millones
de tarjetas EMV emitidas en
toda Europa, lo que representaba
el 31% de todos los productos
Visa, el 40% de todos los productos
con bandera Visa (excluido Visa
Electrón) y el 60% de
todos los productos Premium
de Visa (oro, platinum, infinite).
Los cálculos de la compañía
apuntaban a más de 90
millones de tarjetas en diciembre
de 2004 y que en junio de 2005
estuviesen el 50% de las tarjetas
migradas a EMV.
En cuanto a los cajeros, la
compañía asegura
que 4,1 millones de transacciones
de cajeros EMV habían
pasado por VisaNet en enero
de 2005. Esta cifra representa
el 28% del volumen compensado
y el 40% del valor.
Por último, Visa Europe
señala que en diciembre
de 2004 los terminales adaptados
a EMV habían permitido
164 millones de transacciones
(un 39% de volumen compensado
y el 37,2% del valor).
En opinión de esta compañía
la migración a EMV está
progresando positivamente dado
que los emisores han priorizado
sus tarjetas con mayor uso internacional
y las de mayor valor; mientras
que los adquirientes han favorecido,
en un primer momento, a los
establecimientos con mayor número
de transacciones internacionales
y las de alto riesgo.
España, sin embargo,
lleva un considerable retraso
en la adopción de este
estándar. Se calcula
que sólo un 5% de las
tarjetas, un 8% de los terminales
y un 35% de los cajeros de nuestro
país cumplen con el EMV.
El plan preveía además
un cambio de responsabilidad
efectivo el 1 de enero de este
2005 por el cual, los emisores
que no hayan migrado las tarjetas
a EMV son los responsables del
fraude en terminales y cajeros
EMV (2006 en el caso de Asia,
África y Oceanía;
2008 en Iberoamérica;
2010 en Canadá y sin
determinar en EEUU). Del mismo
modo, los adquirientes que no
hayan instalado terminales bajo
este estándar serán
los responsables del fraude
por falsificación, incluyendo
transacciones autorizadas on-line
por el emisor, y del fraude
por pérdida o robo de
tarjetas chip con PIN.
Las ventajas de este sistema,
entre otras, es que al añadir
un chip EMV en la tarjeta se
reduce significativamente las
posibilidades de fraude por
falsificación, si el
terminal está adaptado
también, y se protege
al emisor de responsabilidad
financiera en caso de fraude
por falsificación de
tarjetas en terminales no EMV.
Además, conseguir que
el PIN sea el principal método
de verificación reduce
las posibilidades de fraude
por robo o pérdida si
el terminal es Chip+PIN y protege
al emisor de responsabilidad
financiera en caso de fraude
por robo o pérdida en
terminales sin capacidad de
PIN.
Los emisores sólo pueden
retroceder transacciones en
casos de fraude auténtico
(excluye el denominado “first
party”); si el fraude
se ha cometido con una tarjeta
o un número de tarjeta
con chip que haya sido cancelada
o bloqueada y en el caso del
fraude que ha tenido lugar en
un entorno no EMV y/o PIN.
En el caso de adquiriente, que
debe adaptar los terminales
e instalar un terminal con teclado
auxiliar para PIN, las ventajas
son las mismas que para el emisor
y sólo pueden reclamar
una transacción cuando
un terminal EMV (y PIN) está
instalado y activo y la utilización
del chip (y el PIN) hubieran
prevenido el fraude.
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