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LED,
brillante futuro
En
los últimos años
se ha venido hablando incesantemente
de los LED (Light Emitting Diode)
como una de las nuevas revoluciones
tecnológicas abierta
a oportunidades y perspectivas
desconocidas hasta la fecha.
De hecho, en el campo de la
señalización e
indicación ha ganado
completamente la batalla a otras
técnicas y, poco a poco,
está expandiendo su dominio
a muchas otras aplicaciones,
sobre todo dentro del sector
de la iluminación.
El importante ahorro energético
que proporcionan (prioridad
de gran parte de los países
industrializados), junto con
su larga vida útil, su
nula emisión de calor
y su fiabilidad, hacen prever
un prometedor futuro para estos
diodos que están llamados
a sustituir a las lámparas
incandescentes inventadas por
Edison hace más de 125
años.
Clara Baonza
Un
LED o diodo emisor de luz podría
definirse como un dispositivo
semiconductor unido a dos terminales
cátodo y ánodo
(negativo y positivo, respectivamente)
recubierto por una resina epoxi
transparente (polímero
termoestable que se endurece
cuando se mezcla con un agente
catalizador o “endurecedor”)
que emite luz policromática,
es decir, con diferentes longitudes
de onda, cuando se le somete
a una determinada polarización
eléctrica (Fig.1), excluyendo
los efectos comunes de emisión
de luz como consecuencia de
la generación de una
temperatura elevada (caso de
la incandescencia).
Los parámetros que caracterizan
el funcionamiento de un LED
y que pueden servir de base
para la elección del
modelo más adecuado para
la aplicación correcta
podrían ser los siguientes:
eficiencia, color, directividad,
tensión directa, corriente
inversa y disipación
de potencia.
• Eficiencia: es la relación
entre la intensidad luminosa
emitida (medida en unas unidades
denominadas milicandelas, mcd)
y la corriente (o potencia)
eléctrica que produce
dicha radiación (mA).
Los valores normales oscilan
entre los 0,5 y 2 mcd a 20 mA,
aunque los de alta eficiencia
alcanzan hasta las 20 mcd a
10 mA.
• Color: la frecuencia
de la radiación emitida
y, por tanto, su color, dependerá
de la altura de la banda prohibida
(diferencias de energía
entre las bandas de conducción
y valencia), es decir, del material
semiconductor empleado en la
construcción del diodo
(montado en un chip-reflector)
(Tabla 1). Los diodos convencionales,
de silicio o germanio, emiten
radiación infrarroja
muy alejada del espectro visible,
recibiendo éstos últimos
la denominación de diodos
IRED (Infra-Red Emitting Diode).
Sin embargo, con materiales
especiales pueden conseguirse
longitudes de onda desde el
ultravioleta, pasando por el
espectro de luz visible, hasta
el infrarrojo. Existen tres
colores básicos de LED
que, en términos generales,
soportan la siguiente potencia:
rojo (1,6 v.), verde (2,5 v.)
y azul (4,3 v.) el resto son
combinaciones de ambos. Así,
la luz blanca, en realidad es
un diodo azul al que se le ha
añadido fósforo
blanco dentro del encapsulado,
con una leve tonalidad amarillenta
para contrarrestar el tono azulado
del semiconductor.
• Directividad o ángulo
de visión: desplazamiento
angular desde la perpendicular
donde la potencia de emisión
disminuye a la mitad. Según
la aplicación que se
le dé al dispositivo
se necesitarán distintos
ángulos de visión
que pueden ir desde los 4 hasta
los 90º de visión. Normalmente,
este ángulo está
determinado por el radio de
curvatura del reflector del
LED y por el radio de curvatura
del encapsulado (Fig.1). Así,
mientras más pequeño
sea el ángulo, y a igual
sustrato semiconductor, se tendrá
una mayor potencia de emisión
y viceversa. Por regla general,
los LED cilíndricos de
3 mm y 5 mm, los más
comunes, son los que ofrecen
una mayor luminosidad aunque
ven reducido su ángulo
de visión. Por el contrario
los LEDs con encapsulado SMDs
(Surface Mount Device) abren
el ángulo de emisión
(llegan hasta 120º) y ofrecen
una menor luminosidad. Su uso
se ha potenciado desde algunas
empresas, con un soporte externo,
para mejorar la eficiencia y
la facilidad en su empleo.
• Tensión directa:
voltaje que se produce en los
dos terminales del LED cuando
le atraviesa la corriente de
excitación. Suele ser
relativamente bajo, entre 1
y 4 voltios, y la gama de intensidades
que debe circular por él,
va desde 10 hasta 20 miliamperios
en los diodos de color rojo,
y de 20 a 40 mA para los otros
LEDs. Voltajes y corrientes
superiores a los indicados pueden
derretir el chip del LED (su
parte más importante
y localizado en el centro del
foco).
• Corriente inversa: máxima
corriente que es capaz de circular
por el LED cuando se le somete
a una polarización inversa.
Los valores típicos se
encuentran alrededor de 10 microamperios.
• Disipación de
potencia: fracción de
la potencia que absorbe el LED
y no transforma en radiación
visible, teniéndola que
disipar al ambiente en forma
de calor.
También es importante
tener en cuenta la vida útil
del LED. En este sentido, cabe
decir que es muy difícil
que este tipo de dispositivos
se queme, aunque sí es
posible que sufra un cortocircuito,
que se abra como un fusible
o, incluso, que explote si se
le hace circular una elevada
corriente. Sin embargo, en condiciones
normales, el LED se degrada
y pierde luminosidad a razón
de un 5% anual. Cuando ha perdido
el 50% de su brillo inicial,
se dice que ha llegado al fin
de su vida útil. Por
regla general, la vida de un
LED es de diez años.
Evolución
del LED
Hasta llegar a la situación
actual, han sido numerosos los
estudios y avances necesarios
para afianzar esta tecnología.
Ya en 1921, Albert Einstein
era galardonado con el Premio
Nobel de Física por el
efecto fotoeléctrico;
es decir, por la aparición
de una corriente eléctrica
en ciertos materiales cuando
éstos se ven iluminados
por radiación electromagnética.
A la inversa, algunos materiales,
al ser sometidos a una corriente
eléctrica, emiten luz,
tal y como detectó, en
1923, Lossew. Bajo este principio,
en 1962, el ingeniero Nick Holonyak,
tras algunas experiencias realizadas
con el arseniuro de galio (GaAS),
demostró que era posible
obtener unos elevados niveles
de emisión luminosa partiendo
de uniones P-N. Así puso
en marcha el primer LED práctico
que emitió en el espectro
visible. En un principio, estos
LEDs eran de color rojo y, dada
su baja luminosidad, empezaron
a utilizarse como indicadores
de equipos de uso doméstico,
como los indicadores on/off
o los displays numéricos.
Los siguientes desarrollos,
ya en la década de los
70, introdujeron nuevos colores
al espectro. Así, se
consiguieron colores verde y
rojo utilizando fosfuro de galio
(GaP) y ámbar, naranja
y rojo de 630 nm, empleando
arseniuro fosfuro de galio (GaAsP).
También
se desarrollaron LEDs infrarrojos,
muy populares en los controles
remotos de los televisores.
En la década de los 80,
entró en escena el galio,
aluminio y arsénico y
el mercado de los LEDs empezó
a despegar dado que alcanzaba
un brillo diez veces superior
al existente hasta el momento.
Además, se podía
utilizar a elevadas corrientes
lo que permitía utilizarlos
en circuitos multiplexados.
Sin embargo, con este material
tan sólo se conseguía
el color rojo y se degradaba
más rápidamente
en el tiempo.
El paso definitivo se produjo
en 1993, cuando el investigador
Shuji Nakamura desarrolló
el LED azul de alto brillo,
basado en nitruro de galio (GaN)
con el que se consiguió
cerrar el círculo de
los colores primarios y, por
tanto, la posibilidad de formar
todos los colores, incluido
el blanco. De hecho, Nakamura
ha obtenido en junio de este
año 2006 (cuya ceremonia
se ha celebrado el 8 de septiembre
en Helsinki) el Premio de Tecnología
del Milenio, considerado como
el premio de tecnología
más importante del mundo,
dotado con un millón
de euros, y entregado por la
Fundación Premio del
Milenio de Finlandia. En él,
el jurado reconoce la “perseverancia
y dedicación de Nakamura
que le permitió alcanzar
algo que sus colegas consideraban
casi imposible: desarrollar
luz azul, verde y blanca de
un material sólido, en
este caso nitruro de galio,
mediante un reactor de su propio
diseño, y también
generar una potente luz de láser
azul. Las aplicaciones que sus
descubrimientos hacen posible
en el campo de la iluminación
pueden compararse a la lámpara
incandescente inventada por
Thomas Edison, que con el tiempo
será reemplazada por
potentes fuentes lumínicas
basadas en los descubrimientos
de Nakamura”.
De hecho, y pese a que existen
varias técnicas para
producir esta luz azul, la basada
en GaN es la más utilizada.
Los siguientes pasos del camino,
aún inacabado, se han
ido dando en distintas direcciones.
De una, y con el punto de mira
puesto en la iluminación,
en la introducción de
diodos de mayor potencia (en
1999 se introdujo el de 1 W
y en 2202 el de 5 W, aunque
con matrices semiconductoras
de dimensiones mucho mayores
para poder soportar tales potencias
e incorporan aletas metálicas
para disipar el calor, máximo
problema de estos LEDs ), y
de otro en el menor consumo
y gasto. En este sentido se
han fabricado los denominados
OLED (diodos LED orgánicos)
fabricados con materiales polímeros
orgánicos semiconductores.
Aunque la eficiencia lograda
con estos dispositivos está
lejos de la de los diodos inorgánicos,
su fabricación promete
ser considerablemente más
barata que la de aquellos, siendo
además posible depositar
gran cantidad de diodos sobre
cualquier superficie empleando
técnicas de pintado para
crear pantallas a color.
Principales
aplicaciones
En el apartado anterior se han
ido reseñando algunas
de las principales aplicaciones
que a lo largo de los últimos
años han tenido a los
LED como protagonistas. De hecho,
en el campo de la señalización
o indicadores de estado (encendido/apagado)
han ganado completamente la
batalla y están presentes
en mandos a distancia, frentes
de un gran número de
electrodomésticos (equipos
de aire acondicionado y de música,
DVD, relojes digitales, portátiles),
dispositivos detectores, alumbrado
de pantallas de cristal líquido
de teléfonos móviles,
agendas electrónicas,
calculadoras, etc. De igual
modo, los dispositivos de señalización
de tráfico (semáforos,
paneles informativos...), de
emergencia, la publicidad luminosa
(los cruces de farmacia o rótulos,
por ejemplo, han dicho adiós
al neón) o la pantallas
gigantes para todo tipo de eventos
ya han apostado claramente por
esta técnica
Otros sectores claves que se
viene decantando por el LED
son el de la automoción
(tanto para los frontales de
los vehículos como para
las luces de emergencia, posición,
freno e intermitentes), la medicina
(terapias de luz infrarroja),
la impresión electrofotográfica
(más sencillo y fiable
que la tecnología láser),
la óptica (mirillas de
rifle), el almacenamiento y
la transmisión de datos
(el uso de luces generadas por
un láser azul en un CD
o DVD podrá incrementar
la capacidad de almacenaje por
cinco) y la iluminación.
En este último caso,
y aunque todavía haya
mucho camino por recorrer, es
sintomático que los principales
fabricantes del mundo hayan
apostado claramente por esta
tecnología, muy presente
ya en todo lo que es iluminación
móvil (linternas y cascos
de minería, espeleología,
etc.).
Así, y según un
estudio de una de las principales
compañías alemanas
de distribución de componentes
electrónicos, se calcula
un crecimiento del mercado de
los diodos luminosos de actualmente
144 millones a 875 millones
de dólares hasta el año
2010. Esto corresponde a una
tasa de crecimiento del 52%.
A todas estas aplicaciones hay
que sumarles algunas otras que
pueden ser totalmente revolucionarias.
Así, y como ya resaltó
el jurado del Premio de Tecnología
del Milenio (citado anteriormente),
una de las utilidades futuras
más importantes es la
esterilización del agua
potable, pues el proceso de
purificación mediante
el LED ultravioleta es más
barato y eficiente. Se espera,
por tanto, que los sistemas
basados en esta tecnología
mejorarán las condiciones
de vida y de salud de decenas
de millones de personas del
tercer mundo.
Ventajas del LED
El porqué de esta carrera
fulminante del LED hay que buscarlo
en sus innumerables ventajas
frente a la iluminación
convencional. Entre ellas destacan
las siguientes:
• Larga duración:
hasta 100.000 horas, frente
a los 6.000 de una lámpara
incandescente (es decir 17 veces
mayor). Además, tienen
una vida útil superior
a los diez años por lo
que los repuestos no son tan
necesarios.
• Menor consumo energético
cifrado, aproximadamente, en
el orden de 100 mw, comparado
con 1 w de las lámparas
incandescentes. De hecho, se
ha calculado que solamente en
los Estados Unidos el reemplazo
de los actuales sistemas de
iluminación por los basados
en LED podrá reducir
significativamente el consumo
de energía en las próximas
décadas. Las nuevas fuentes
lumínicas también
son muy adecuadas para operar
con sistemas de energía
solar y por lo tanto ideales
para la iluminación en
áreas periféricas
de países en desarrollo.
• Nula emisión
de calor: la incandescencia
emite luz en todo el espectro
visible, siendo el difusor (que
hace de filtro) el que deja
pasar sólo el color requerido
y el resto del espectro se transforma
en calor; mientras que el LED
emite luz monocromática
directamente, en la longitud
de onda del color requerido,
por lo que no existe transformación
de luz en calor. Por este motivo
su eficiencia de conversión
es mucho mayor (la mayor parte
de la energía eléctrica
de entrada es transformada en
energía lumínica).
Se calcula que el 90% de la
energía de las lámparas
incandescentes (incluyen las
de Xenon y Krypto) se transforma
en calor y se pierde, mientras
que en el LED la totalidad de
la energía se transforma
en luz.
- Menor coste de mantenimiento:
dado que la vida efectiva de
las lámparas LED es mayor,
el cambio de unidades es menos
frecuente.
- Nula emisión de radiación
U.V.
- Mayor luminosidad: los LED
proporcionan una luz más
brillante que, además,
no se concentra en un punto
(como el filamento de una bombilla
incandescente).
- Mayor resistencia mecánica:
al encontrarse dentro de una
lente de plástico transparente
(sin cristal) resisten mejor
los golpes y vibraciones, entre
ellos el vandalismo que puede
darse en semáforos o
carteles de tráfico.
- Consecución de todo
tipo de colores, como por ejemplo
el verde azulado o turquesa,
de una frecuencia del orden
de los 505 nm (con GaN) que
utilizado en los semáforos,
y dado su tono azulado, lo hace
visible para las personas daltónicas.
- Reducción del tamaño
(sólo ocupan unos pocos
milímetros cúbicos).
- Resistencia al agua.
- Eliminación del efecto
fantasma en iluminación
al no requerir reflector.
Bien es cierto que, pese a todas
estas ventajas, la implantación
del LED no es todavía
masiva. La dificultad de su
instalación, el calentamiento
producido a partir de 1 watio
(cuando sobrepasa esta potencia
es necesario instalar junto
a él otra placa de aluminio
que reduzca el calor), así
como el precio, desaconsejan
su empleo en un buen número
de aplicaciones. No obstante,
la velocidad de los avances
posibilitará, a buen
seguro, el incremento de su
demanda, con la consiguiente
reducción de precios,
y el acceso de esta tecnología
a un mayor número de
público y de aplicaciones.
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